No hables de tu competencia, habla de ti

Hace 10 años, un comercial bastante bueno en su trabajo me dijo: “cuando vayas a visitar a un cliente nunca hables mal de tu competencia, háblales de lo que tú ofreces”.

En la época de consultora de negocio, en el área de seguridad de la información, tuve que hacer muchos análisis de mercado. Análisis donde evaluaba cuáles eran nuestros competidores, qué tendencias tecnológicas había. Estaba suscrita a diferentes revistas del sector. Revisaba decenas de informes como los de Gartner ®, y asistía a eventos donde, diferentes ponentes explicaban las herramientas y sus funcionalidades más novedosas.

Mi responsable me explicó que lo que hacíamos en nuestro trabajo como consultores tecnológicos era integrar diferentes herramientas y convertirlas en un paquete que llamábamos “solución” para un problema que el cliente tenía.

Necesitábamos conocer bien el mercado donde nos movíamos. Probábamos y evaluábamos las herramientas disponibles. Tratábamos de unirlas de forma sencilla en una solución. Y en paralelo era necesario capacitar al equipo de trabajo en las competencias necesarias para hacer ese trabajo, o bien contratar personas externas que ya tuviesen ese conocimiento.

Aprendí mucho de esta etapa. Estar dentro de una multinacional te espabila. Ahora con perspectiva, me doy cuenta de cuánto aprendí sobre las personas. Y lo complicado que era todo porque no conseguíamos hablar ni relacionarnos entre nosotros de forma efectiva.

¿Qué he aprendido que se me da bien?

Integrar personas. Crear equipos de trabajo. Facilitar su comunicación y el flujo de información entre ellas. Diseñar los caminos más efectivos y eficientes para relacionar a esas personas en su día a día.

Nivel de calidad de nuestras relaciones

Imagen de John Hain en Pixabay

Transcendencia es una palabra que viene continuamente a mi mente en los últimos días. Algunas personas lo llaman legado. Otras personas hablan de marca personal, o como dice Andrés Pérez Ortega “dejando huella”.

Buscando en mi estantería libros sobre marca personal, encontré un libro que conocí en 2010. El libro se llama “Construye tu sueño” de Luis Huete. Me encanta este libro y la experiencia de este señor.

Conocí la referencia de estos autores por personas que me los recomendaron. Los dos autores me parecen grandes profesionales.

Hubo un tiempo en el que hablaba bastante sobre libros con una persona. Y al observar mi entusiasmo, esta persona me dijo “confundes el contenido con el continente”. Y tenía razón, porque esta persona me engañó con su contenido intelectual que resultó estar contenido en una persona con la que yo no tenía nada que ver, pero que yo idealicé. Me tenía enganchada con su éxito y poder. Quizás un día me perdone a mí misma por haber confiado en esa persona. O tampoco hay nada que perdonar. Si no hubiese pasado por esa experiencia no habría aprendido que no quiero ese tipo de personas en mi vida.

Por eso, cuando leemos un texto es importante hacer un proceso de hermenéutica, donde destilar la esencia del contenido y separarlo de la bibliografía de la persona que escribe.

Que yo sepa, no existe un proceso de hermenéutica de personas. Solo lo he escuchado aplicado a textos. La palabra que expresa la diferencia entre lo que la persona cuenta (su contenido) y lo que hace (el continente) es la coherencia. Cuando cuentas algo que no haces, no hay coherencia y tu mensaje no sirve para nada, salvo para captar ingenuas que te sigan y te alaben como he alabado yo a muchas personas durante mucho tiempo. ¡Dichosa manipulación emocional! Algunas personas son expertas en esto.

Después de estas líneas cargadas de mi amargura bibliográfica, vuelvo al libro de Luis Huete.

En un apartado del libro explica el papel de las relaciones en la construcción de nuestros sueños.

Una parte importante de tu progreso profesional y personal te la juegas en lograr relaciones personales de calidad.

Y aquí hace una clasificación de niveles de calidad de nuestras relaciones que me parece muy útil y práctico. La gran ambición es tener relaciones de más nivel y que duren más tiempo. De peor a mejor, los niveles son:

Nivel 1: Mantienes la relación exclusivamente para recibir lo que deseas. Esperas y exiges que se te quiera, se te repete y que se cumplan tus expectativas. Si sirve a tus propósitos, la relación la mantienes. Si no, no.

Nivel 2: Relación donde esperas reciprocidad. Nunca das más de lo que esperas recibir. Si no hay equidad rompes la relación. Cuentas y calculas lo que das y lo que recibes, y te mueves en el trueque afectivo, del amor comercializado, etc.

Nivel 3: Relación en la que te comprometes a servir las necesidades de otra persona sin esperar nada a cambio. No pides, y lo que te llega, lo recibes con la misma espontaneidad con la que lo das.

Hay un nivel más, donde das sin esperar nada y sin hacer distinciones por el grado de afinidad o de simpatía con la persona.

Una vez más las personas que tengas en tu entorno facilitarán o no que puedas construir tus sueños. Ya me dirás qué sueños vas a construir si las personas de tu entorno mantienen contigo una relación del “yo primero y luego también”. O las personas que llevan la lista de favores que te han hecho para írtelos recordando en cada ocasión y así equilibrar la balanza.

Para mí el ideal sería una reciprocidad espontánea. Y en mi caso para mí sí es importante la afinidad o simpatía con la persona, y su coherencia. Hay personas “con el diente torcido” que cada vez que hablan es para quejarse o aplastarte. Otras que parecen ser amigos/as de todo el mundo, esa fachada de guay permanente, pero luego ponen a parir a las personas en privado.

Tal y como yo lo experimento, en mi caso particular, desde mi forma de observarlo, quizás solo deje un conjunto de experiencias compartidas con un pequeño grupo de personas cercanas y afines. Pequeños sueños o ideales compartidos sobre cómo nos gustaría que fuese el mundo.

Y tú, ¿ya sabes qué dejarás cuando ya no estés?