La historia del pequeño lápiz que pedía consejo a su creador

Hace un tiempo me llegó esta historia:

Un pequeño lápiz estaba a punto de ser enviado a la tienda para ser vendido. Temeroso del gran mundo exterior, el lápiz pidió consejo a su creador. Éste le sonrió y le dijo:

“Recuerda esto: Primero, sea lo que fuere que hagas, intenta dejar tu marca.Segundo, tienes la habilidad para corregir siempre los errores que cometas.Tercero, lo importante es tu núcleo interior, no tu cuerpo externo.Cuarto, de vez en cuando deberás experimentar un doloroso afilamiento. No lo resistas, pues te hará mejor de lo que eras antes.

Por último, sé el mejor que puedas ser, y permítete ser llevado y guiado por la mano que te sostiene.”

Esta preciosa historia daría para hablar largo y tendido, pero lo voy a hacer poco a poco.

¿Cómo me aplico esta regla? Trato de ser lo mejor que puedo ser, de hacer las cosas lo mejor que sé. Admirando y aprendiendo de lo que hay a mi alrededor. Lo que ocurre que tenemos exceso de información que nos rodea.

¿Cómo la selecciono? Aprendiendo de los MEJORES. Para mí esos son todas las personas que me aportan. Las que me guían cuando estoy perdida. Las que me apoyan cuando quiero tirar la toalla. Las que en el proceso de afilamiento me escuchan y me animan para que no deje de ser yo. Para que siga siendo auténtica. Trato de corregir mis errores sin esperar que el tiempo los borre. Un “lo siento” sincero, aunque llegue tarde, siempre es mejor que el silencio.

En nuestra vida se producen muchos cambios. Todo cambia. Cambian los amigos, la pareja, los compañeros de trabajo, cambiamos de casa (yo ya he cambiado 4 veces), de trabajo, de ciudad, de país… y sobre todo cambiamos nosotros. Lo que podemos hacer es adaptarnos a esos cambios a través de lo que hemos aprendido. Cuando los cambios pasan, si nos detenemos un momento a ver lo que hemos aprendido, estoy segura que muchos os sorprenderéis.

Ya lo decía Mohandas Gandhi:

Debes convertirte en el cambio que deseas ver en el mundo.

Como seres humanos, nuestra grandeza yace no tanto en poder rehacer el mundo – eso es el mito de la Era Atómica – sino en poder rehacernos a nosotros mismos.

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